CAPITULO IV

IV
29 de Enero de 1818
REGUEIRO, OURENSE
  
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Manuela Fernández atravesó la calle dando unas grandes zancadas a pesar de su corta estatura. Era una mujer bajita, tan bajita que, de no ser por sus ropas negras, su pañuelo en la cabeza y su mandil, la mayoría de los habitantes de la aldea la confundiría con una niña. Desde la desaparición de su hijo, nueve días atrás, se la había visto deambulando por el pueblo como una alma en pena en varias ocasiones. En la tercera noche después de que el joven Pedriño se perdiera, los hombres que volvían del bosque de buscar a su hijo, se la encontraron bien avanzada la noche vagando por las estrechas calles de la aldea emitiendo ligero sonido que nadie pudo confirmar si se trataba de un lamento o de una melancólica melodía. Felipe Braña, Manuel Peiraño y Salvador Truiteiro se quedaron blancos del susto al ver a la pequeña aparición sola, a la luz de la luna, de madrugada y como canturreando. Primero se pensaron que era uno de los duendes del bosque que venía buscando a otro niño para hacerle compañía al pequeño Pedriño. Y es que, en los días en los que estuvieron buscando al niño, los aldeanos especularon con toda clase de teorías, a cual mas fantástica sobre, la suerte que había podido correr el pobre muchacho. Afortunadamente, pronto se dieron cuenta de que el pequeño bulto chepudo que les había sobrecogido no era más que la madre del niño que llevaban días buscando por el bosque. Fue Felipe Braña el que la llevó de vuelta a su casa. La mujer se dejó llevar sin decir una palabra y lamentándose en voz baja con palabras que el hombre no podía entender por mas que afinase el oído. 
Aquella mañana, muchos de los hombres habían abandonado la búsqueda del niño para dedicarse a los trabajos del campo. La mayor parte de la aldea había perdido la esperanza de encontrar a Pedriño y volvía a su cotidiana y lenta vida de recogimiento en el hogar al calor de la lumbre.  En realidad, muy poco se podía hacer ya. Los hombres habían recorrido una gran parte del bosque durante aquellos días, rebuscando por todos los rincones y recovecos de aquella masa de robles, abedules, sauces y carballos sin hallar la mas mínima pista sobre el paradero del pobre chiquillo. Parecía como si el bosque lo hubiera engullido literalmente. Día tras día los hombres volvían al anochecer desesperados primero, angustiados después y finalmente resignados ante los escasos resultados de la ardua búsqueda. Después de nueve días, muchos estaban convencidos de que el niño había muerto de frío o de hambre, despeñado por alguna ladera o ahogado en cualquier riachuelo. Otros imaginaban un fin mucho mas sobrenatural. Se hablaba de duendes, de animales imposibles o de criaturas del infierno con cuerpos de hombre de cintura para arriba y de macho cabrío de cintura para abajo.
El hecho era que incluso la madre había llegado al convencimiento de que su hijo no volvería a aparecer y después de la tristeza y la desesperación de los días anteriores, los sentimientos que llenaban su mente aquella mañana eran la rabia, el odio y la venganza.
Entró en la casa que tenía justo en frente de la suya y salió con el joven Adolfo Martínez agarrado por los pelos. El niño se debatía al tiempo que chillaba y llamaba a su madre. La mujer tiraba de él con una fuerza que no parecía la propia de un cuerpo tan menudo.
-¡Mi hijo se ha perdido por tu culpa y vas a pagar!-gritaba la mujer mientras arrastraba al niño por el barro helado.
-¡Mamá! ¡Socorro! ¡Me quiere matar!-imploraba el joven tratando de zafarse de la presa que ejercía la mujer sobre él.
-Mi pequeño se ha perdido en el bosque por tu culpa y vas a ir tú a buscarlo o te perderás en él hasta que los demonios del infierno vengan a buscarte a ti.
Alertados por el ruido de los gritos, los vecinos salieron a la calle a ver qué pasaba. La mayoría se quedaban atónitos ante la irreal escena que se estaba produciendo. La madre de Adolfo, una mujer redonda como una enorme bola de nieve corría hacía su hijo con el rostro enrojecido y los ojos a punto de salirse de sus orbitas por la ira de ver como Manuela Fernández se había llevado al niño de su propia casa sin que ella se diera cuenta siquiera de ello.
El primero, sin embargo, en alcanzar a la pequeña mujer y al desdichado niño fue Don Valentín que comprendía en ese mismo momento que correr con la sotana no era la mejor manera de llegar rápido a ningún sitio.  El abad se colocó delante de la mujer mostrándole la palma de la mano, haciéndole señas para que se parara. Manuela, que seguía vociferando amenazas contra su presa, seguía sin aminorar la velocidad. Paró en seco cuando se dio de bruces contra el párroco que cayó al suelo por la violencia del impacto. La mujer pareció recobrar una cordura perdida, porque su rostro mutó de inmediato al percatarse de que había tirado al suelo al clérigo de la aldea. Soltó al niño y miró a su alrededor y luego de nuevo Don Valentín. Se había dado cuenta en ese mismo instante que la mayoría de las gentes de la aldea estaban fuera de sus casas mirándola con los ojos como platos. Vio también como la madre de Adolfo corría hacia ella con el rostro desencajado y los puños cerrados. Sintió el primer golpe y un terrible dolor en la parte baja de la espalda cuando cayó al suelo y luego todo pasó con una sobrenatural velocidad. Notó varios golpes en su cara como si le estuvieran destrozando el rostro con una maza de acero. Unas uñas como cuchillas se le clavaron el la mejilla abriéndole tres surcos paralelos por dónde notó el calor de la sangre que comenzaba a emanar. Y luego nada. Todo paró de golpe. Tenía los ojos cerrados y estaba tumbada en el suelo con la espalda completamente empapada por un charco barroso. Al mirar de nuevo hacia arriba vio como dos hombres robustos sujetaban a la madre de Adolfo que trataba de soltarse para seguir golpeando. Su rostro era la viva imagen de los diablos del averno.
-¡Te voy a matar, vieja meiga! ¡Te voy a matar ahora mismo para que te encuentres ahora mismo con tu hijo en el infierno!
Al mencionar al hijo, Manuela recobró parte de la ira que la había llevado a la casa de la Familia Martínez e hizo ademán de levantarse para continuar con la pelea.
-¡Es tu hijo el que va a ir al infierno a buscar al mío! ¡Todo esto es por su culpa! ¡Por su culpa!
-¿Queréis para de una vez?-cortó el párroco-¿Acaso no veis que con vuestra actitud estáis ofendiendo a Dios?
Las dos mujeres mutaron su rostro a medida que el abad pronunciaba aquellas palabras.
-¡Lo que ha ocurrido aquí es una terrible desgracia! Y el dolor que tendremos que sufrir por la pérdida del pequeño Pedriño será mucho mas terrible aún. Pero debéis saber que Dios, en su infinita misericordia, está ahora mismo cuidando de Pedriño, esté donde esté...
El cura siguió hablando en voz alta, como si quisiera ser escuchado incluso por las personas que no habían salido de las casas y aunque sus palabras no dieron el consuelo que la aldea necesitaba, si que consiguió apaciguar la tensión que se había creado aquella mañana.
-¡Volved a vuestras casas!-prosiguió-Volved a vuestras casas y rezad por Pedriño, para que Dios lo acoja en su seno y le proporcione el calor que el bosque no le quiso dar. ¡Id!-concluyó-Solo así encontrareis la paz que el diablo os quiere arrebatar.

La dos mujeres se dirigieron a sus casas cabizbajas, avergonzadas, tristes y visiblemente derrotadas por la tragedia que había golpeado a la pequeña aldea en aquellos fríos días de invierno.
Los hombres también tomaban caminos separados sin siquiera hablar entre ellos sobre lo que acababa de ocurrir.
Don Valentín se quedó en el medio de la calle mirando como todos los habitantes de la aldea regresaban a sus actividades reflexionando sobre cómo iba a resolver el próximo conflicto que a buen seguro, no tardaría mucho en producirse.


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