CAPITULO V (2)

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Lucas Lago madrugó más de lo habitual aquella mañana. Había pasado una mala noche, helado de frío y sin poder conciliar el sueño después del barullo en casa de Miguel Blanco. Se levantó poco después de las cinco de la mañana abrigándose a conciencia. Una fuerte helada había caído durante la noche y una niebla blanca y espesa anunciaba otro día, corto, oscuro, frío en el que, una vez más, nada iba a ocurrir.
Estiró sus músculos levantando los brazos con los puños cerrados hacia el cielo. Dejó salir una ventosidad por su trasero y lanzó a la noche un gruñido de satisfacción. Hizo un esfuerzo con todo su cuerpo apretando los dientes para dejar escapar una nueva flatulencia pero nada salió. Su vientre gruñó. Se frotó la barriga, hizo una mueca mientras un rayo atravesaba el interior de sus entrañas. En ese momento, Lucas supo que tenía que evacuar y sabía que tenía que hacerlo con suma urgencia. Salió corriendo hacia una pila de leña que había detrás de una caseta que servía para guardar los aperos del campo. Apenas tuvo tiempo de bajarse los pantalones hasta las rodillas y ponerse en cuclillas antes de aliviarse de la maloliente carga de sus intestinos. El sosiego dibujó en el robusto ganadero una sonrisa de satisfacción y unos ojitos finos como unas minúsculas rayitas negras.

Volvió el silencio. Una fina brisa que sonaba como el llanto lejano de un niño era el único sonido que se escuchaba aquella madrugada. Lucas cerró los ojos. El frío helado acariciaba su rostro como el tacto gélido de la muerte.  Una rama se rompió a lo lejos.

Lucas abrió los ojos. Seguramente se trataba de algún animal que salía del bosque. Posiblemente un lobo. El hombre dejó de respirar agazapándose aún mas detrás del montón de leña. Otra rama se rompió, y al instante otra más. Sonaban como pasos cansados arrastrando las hojas muertas y las finas ramas caídas de los árboles.
De pronto el pánico más absoluto se apoderó del gran hombre. Había escuchado muchas historias demoníacas que habían ocurrido justo antes del amanecer. Candiles fantasmagóricos que ninguna mano sujetaba robando la esencia vital de hombres fuertes y robustos, pequeños hombrecillos con patas de cabra tocando melodías infernales con flautas mágicas que devoraban animales siete veces mas grandes que ellos o incluso niños inocentes pidiendo auxilio y que revelaban ser el mismísimo diablo administrando la muerte y la condena al averno con su ligero y gélido tacto.
Pensó por un momento “¡Me va a venir la muerte mientras estoy cagando!” y reuniendo una pizca de valor se subió los pantalones al tiempo que advirtió que los pasos se dirigían hacia él. Tensó todos sus músculos intentando fijar la vista en la parte de la niebla de dónde provenían los pasos. Su vista se fue acostumbrando a las siluetas que dibujaban la luna y las estrellas y comenzó a distinguir los arbustos, el camino y la pequeña figura que emergía de la niebla.
-¿Hay alguien ahí?-dijo una voz débil de niño apenas sin fuerza.
Lucas no dijo nada. Simplemente se quedó allí, quieto, aguantando la respiración y fijando la vista en la persona que estaba ya a apenas unos pocos metros de él.
-¿Quién está ahí?-insistió la voz, esta vez un poco mas fuerte.
El ganadero dejó escapar un gemido mientras sentía un ligero mareo. Al final era el demonio que venía a buscarle con la forma de un inocente niño. Estuvo a punto de perder el conocimiento por el terror cuando la voz resonó de nuevo en su cabeza. Su mente repitió en su cabeza el lamento del niño varias veces como en un sueño. De pronto lo comprendió todo. No era ningún demonio  ni tampoco un ser mitad humano mitad macho cabrío. No era nada sobrenatural sino algo muy terrenal y quizá mucho mas terrorífico.  Había reconocido la voz y un escalofrío recorrió todo su cuerpo hasta la base de la nuca. Se puso en pie con los brazos en cruz y con lagrimas en los ojos exclamo:

-¡Pedriño!

 

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