CAPITULO VII

VII
18 de Junio de 1818
ROMASANTA TIENE 8 AÑOS
LA LAGOA DE ANTELA, OURENSE





El verano estaba siendo anormalmente frío, las temperaturas no subían y la labor del campo se hacía muy complicada. La lluvia asomaba más a menudo de lo que estaban acostumbradas las gentes de Lagoa y los jornaleros se veían muy a menudo en la imposibilidad de realizar las tareas para las cuales pretendían cobrar los jornales.

Manuel había viajado aquel año con su padre a Lagoa de Antela dónde trabajaba unas semanas antes de partir a la siega a las tierras mas cálidas de castilla.

Por la noche, los campesinos se juntaban alrededor de una hoguera a contar historias de meigas, lobisomes y asustar a los niños con cuentos sobre la Santa Compaña.

Aquella noche, Manuel se hacía el dormido bajo una manta mientras escuchaba las historias que contaba un hombre grueso y barbudo al tiempo que una docena de hombres y adolescentes escuchaban el relato con atención:
-Era una noche lluviosa, negra como el mismísimo infierno. Volvía yo de Villar de Barrio y estaba apurándome para llegar a Maceda. Una vez salí del bosque de cuando estaba ya enfilando el camino hacia el pueblo, vi a lo lejos, andando por la loma a mi izquierda y dirigiéndose hacia una solitaria casona, un grupo de nueve personas encapuchadas y ataviadas con capas oscuras. Vive Dios que no andaban por camino alguno sino que se dirigían en línea recta hacia la casona. La figura que encabezaba la comitiva llevaba un candil encendido cuya llama no se apagaba a pesar del viento que se estaba levantando. Las figuras no caminaban sino que parecían deslizarse sobre el aire a muy pocos centímetros del suelo. Los encapuchados llegaron a las puertas de la casona y pararon allí. Y allí se mantuvieron, quietos y sin hacer ruido alguno. Tan solo se escucho un murmullo, como de rezando, y al final, oyóse una campanilla y se marcharon. Juro por la santísima que desaparecieron  en una niebla antes de alcanzar el bosque. La Tomasiña, que era dueña de la casa, y que había enfermado días atrás, rindió cuentas al Señor esa misma noche de madrugada.

El hombre que contaba las historias se llamaba Manuel Ferreiro. Era un buhonero vecino de Xinzo da Costa que recorría las tierras de Galicia y de Castilla y que compraba y vendía mercancías hasta en Portugal. Presumía de vender el mejor unto de toda Galicia y no dudaba en mostrar los efectos del mismo en los cueros de los caballos de su propio carromato que le servía de tienda ambulante.
Ferreiro era amigo de Miguel Blanco. Lo era desde rapaz como él decía cada vez que coincidían en Esgos, en Sotuelo o cuando viajaban juntos, cosa que hacían a menudo, uno con su tienda y el otro camino de su siguiente lugar de trabajo o de vuelta a casa.
Los dos hombres eran muy bebedores y pasaban muchas noches apurando botellas de vino hasta que la borrachera les dejaba sin sentido y dormían la mona hasta el siguiente amanecer.
El joven Manuel, que empezaba a viajar cada vez mas a menudo con su padre, odiaba a aquel hombre. Ferreiro no perdía la ocasión para burlarse del muchacho. Se mofaba de su escasa estatura, afirmaba que Manuel era una mezcla entre un “rapaz” y una “rapaza” porque era imposible que un joven como él supiera calcetar, bordar y coser cuando aquellas tareas eran propias de mujeres y no de hombres.
Aun así y a pesar de despreciar a aquel hombre con toda su alma, sus caminos se iban a seguir cruzando durante algunos años más.







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