CAPITULO XI (2)



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El  rayo de luz caía ya en línea recta sobre los claros del bosque cuando un lobezno se acercó a menos de dos metros del joven Romasanta. El animal observó al muchacho inmóvil durante unos segundos y siguió avanzando hacia él. La cría de lobo rodeó un par de veces al joven y empezó a lamerle la frente por dónde Manuel se había hecho la herida y por dónde la sangre ya se había secado un par de horas antes. Una loba se acercó en busca de su cría, su pelaje era de un gris muy claro con el lomo casi blanco. La loba se acercó al muchacho y comenzó a olerlo, dio a su vez un par de vueltas alrededor del joven y volvió a olfatearlo. El lobezno había perdido el interés de su hallazgo y ya se había separado de él unos metros cuando un sonido atronador rompió el silencio habitual del bosque.
El joven animal saltó un metro y medio por los aires y cayó al suelo fulminado. Un disparo de escopeta acababa de alcanzarle la cabeza matándole al instante.
La loba miró amenazadora hacia el lugar de dónde había venido el disparo y desde dónde Miguel Blanco comenzaba a vociferar:
-¡MALDITA BESTIA! ¡MUERE DE UNA VEZ!
Disparó un par de veces apuntando a la loba si acertar al animal que aún se encontraba muy cerca de su desmayado hijo. Manuel despertó de pronto. Levantó la cabeza para ver a su padre como casi le apuntaba a él con una escopeta de caza mientras su hermano Antonio, que estaba a su lado no le impedía hacerlo. La situación le resultó absurda hasta que su mente se despejó, recordó como había llegado a aquel lugar y sobre todo hasta que observó a la loba como huía con su cría muerta en la boca.
Miguel volvió a cargar y disparó dos veces más aunque la loba ya no estaba a la vista.
Manuel se puso en pié y encaminó sus pasos al lugar dónde se encontraban su padre y su hermano. Al llegar a su altura, Miguel le propinó a su hijo un bofetón tan fuerte que este cayó de culo en el suelo del bosque. Antes de que el chico tuviera oportunidad de incorporarse, el padre lo agarró de la camisa y le golpeó de nuevo con la mano abierta.
-¿SABES EL TIEMPO QUE TE LLEVAMOS BUSCANDO “BABACA”?
Miguel siguió golpeando a su hijo mientras le gritaba durante unos momentos más mientras Antonio observaba la escena atónito y sin tener el valor de parar a su padre por mucho que quisiera salvar a su hermano de aquella tremenda paliza. Miguel dejó de golpear de pronto a su hijo y con los ojos inyectados en sangre y llenos de ira, volvió a cargar su arma y apuntó hacia la espesura del bosque. Se mantuvo en silenció unos segundos esperando ver a la loba que no había conseguido matar unos minutos antes.
Al comprender que el animal se le había escapado, se volvió hacia sus hijos. Antonio estaba ayudando a su hermano menor a levantarse. El padre los miró a los dos con el rostro aun desencajado por la ira pero en vez de volver a emprenderla a golpes ellos, se limitó a decir:

 -¡Vámonos!, que ya debíamos haber dejado esta aldea hace unas horas. A ver como le explico esto yo a Ferreiro.
Salieron sobre las seis de la tarde de Sotuelo.  Tuvieron que parar para hacer noche en un claro del bosque un poco antes de llegar a Alto do Couso.  Hicieron fuego, cenaron, bebieron, y durmieron.

Una loba de pelaje claro rondó la carreta durante toda la noche. 

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