CAPITULO XXXVI


XXXVI
28 de septiembre de 1834
ENTRE TAMAGOS Y MOURAZOS




El verano estaba llegando poco a poco a su anunciado final. Los días acortaban cada jornada un poco mas y ya se veían por los caminos a los temporeros volver a sus lugares de origen para cobijarse durante el largo invierno que se les echaba encima. Manuel Blanco había tenido una buena temporada. Había ganado más dinero que el que traía a casa cuando trabajaba en la siega, y se preguntaba en qué y sobre todo dónde iba a gastarlo durante el invierno. Aquella noche meditaba sobre ello mientras contemplaba a su compañero de viaje como vaciaba otra botella de vino y la colocaba junto a otras tres vacías a sus pies. Ferreiro acostumbraba a emborracharse todas las noches. Unas noches le daba por contar historias acompañando el crepitar del fuego, otras bebía hasta caer desmayado, algunas otras, gritaba al bosque maldiciones antiguas y algunas, las que más, se insinuaba a Manuel como lo hizo la noche en que Miguel Blanco murió.

Cada vez que pasaba eso, Manuel desaparecía por el monte hasta la mañana siguiente. Normalmente, al amanecer, Ferreiro ya no se acordaba de nada y negaba lo que su compañero de viaje le decía que había hecho. Romasanta se había dejado la barba para parecer mas hombre aunque eso no había hecho desistir a Ferreiro en las noches en las que el vino le nublaba la mente, el sentido común y evidentemente, la vista.
-¡Uno de estos días te rebanaré el cuello!-le había dicho Romasanta en una ocasión mientras el buhonero reía con incredulidad.
Aquella noche, Ferreiro se tambaleaba yendo de un lado a otro sonriendo como si hubiera tenido de pronto pensamientos geniales. Su cara se iluminaba por un instante e inmediatamente le volvía el semblante sombrío.
-¡Canichaaa! ¡Canichaa! Ven Canicha que te voy a enseñar algo que no sabes de este oficio.
-Déjame en paz Ferreiro. Te prometo que te rajo. Ya estoy harto de tus borracheras.
-¡Canicha, vamos no te enfades y ven a darme calorcito que la noche está fría!

Manuel se escondió detrás de la carreta y se disponía de nuevo a perderse en el bosque hasta el amanecer aunque aquella vez, había bebido también algo de vino y le costaba pensar con claridad.
De pronto se le ocurrió la idea. Podía acabar con todo aquello en un instante y para siempre. Solo hacía falta tener un poco de valor y mucho odio acumulado.
-¡Ven Ferreiro! ¡Que vas a tener por fin lo que deseabas.
El rostro del buhonero se iluminó repentinamente. Dudó un instante y de nuevo sonrió.
-¿Y porque te escondes y no vienes con papaito?
-¡Ven tú! Mira que largo es lo que tengo aquí.
La luna llena iluminaba el claro del bosque en el que habían decidido parar para pasar la noche. Podían haber apagado el fuego y tendrían suficiente luz para ver  como si estuvieran en pleno día.
-¿Que es lo que tienes?-canturreaba Ferreiro mientras se dirigía a la parte trasera de la carreta.
-¡Tú ven y verás!
Al llegar a donde estaba Manuel, Ferreiro vio al joven sonriendo como si le hubieran contado algo muy gracioso. El tendero se acercó tanto que estuvo a punto de oler el aliento del joven.
De repente un dolor le atravesó como un rayo desde la espalda hasta la ingle. Romasanta acababa de ensartarle con un cuchillo ancho y de unos cincuenta centímetros de largo. Era el cuchillo con el que acostumbraban cortar la carne para comer.
Manuel Ferreiro se quedó paralizado cuando Romasanta sacó la gran hoja de su barriga. El joven no había perdido la sonrisa que se asemejaba esta vez a la de un niño que ha cometido una travesura. Ferreiro seguía inmóvil cuando Romasanta le enseñó el machete manchado con su sangre sin dejar de sonreír.
Manuel Blanco miró a su victima a los ojos y le dijo:
-¡No dirás que no te avisé!
Ferreiro no podía decir nada, no podía implorar piedad. Un fino hilo de sangre comenzaba a caerle por la comisura de los labios. Abrió la boca para hablar y la sangre comenzó a brotar cayéndole por la barbilla y por el cuello.

En un movimiento de una inusual rapidez, Romasanta trazó un circulo invisible en el aire con la ensangrentada arma y abrió una raja profunda en el cuello del pobre desgraciado. El hombre quedó con los ojos abiertos como platos mientras la sangre fluía por su boca y por su cuello como de unas fuentes macabras. Finalmente Ferreiro cayó al suelo hundiendo su rostro en el barro.


Al día siguiente, Romasanta conducía solo la carreta en dirección a Mourazos.
Como restos de su paso por el bosque, tan solo quedaban las ascuas del fuego y algunos palos que no habían terminado de arder.
Si uno se fijaba bien, podía ver a unos pasos de la extinta lumbre como la tierra había sido removida aunque durante el día, las hojas empujadas por el viento o la ligera llovizna dejarían ese pedazo de barro igual que el resto del bosque.
En la carreta recién adquirida por el joven buhonero, el cuchillo estaba limpio y reluciente. La hoja acababa de ser afilada y no quedaba ninguna marca del uso que Romasanta había hecho de ella la noche anterior
La única diferencia que había en la carreta estaba en una caja con de grasa. Aquella mañana había seis más que el día anterior.



FIN DE LA PRIMERA PARTE


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