ANTONIA RÚA




ANTONIA RÚA

Desde luego que todas las muertes por asesinato son trágicas, y las de Blanco Romasanta más si cabe. El criminal despiadado se valía de engaños para atraer a sus víctimas, aprovechaba las carencias y las necesidades de las mujeres a quienes traicionaba con embelecos y artimañas para asesinarlas y quitarles todo, incluso la vida.
Pero si hay una víctima del asesino que nos ocupa, que tuvo que sufrir más al darse cuenta que sus sueños quedaban truncados para siempre, esa era Antonia Rúa Caneiro. 
Antonia debía tener unos treinta y tres o treinta y cuatro años cuando conoció a Manuel Blanco Romsanta, quizá incluso menos. A Antonia la llamaban A Vianesa, seguramente por su procedencia aunque no he encontrado ninguna referencia que apoye esta teoría. Antonia tenía una hija, la pobre María Dolores que fue la última y más evitable de las muertas a manos del buhonero gallego. Esta última tenía una hermana, Peregrina, que contaba con tan solo tres años cuando fue asesinada junto a su madre en el paraje conocido como as Gorvias.
Antonia Rúa no era pobre, o no lo era tanto como las hermanas García Blanco. Al poco de conocer a Romasanta, heredó a la muerte de su madre, una casa, tierras, varios animales y unos seiscientos reales. Lo que no tenía Antonia a mediados del siglo diecinueve era un hombre a su lado. Estaba bastante claro que A Vianesa había tenido bastante mala suerte con los hombres y los vecinos de Rebordechao la señalaban por ser madre soltera. Y de repente llega a su vida Manuel Blanco Romasanta, el lobo (y nunca mejor dicho) con piel de cordero que, a pesar de tener ya relaciones con Manuela García, no pierde la ocasión para agasajarla con piropos y regalos de sus viajes a Portugal. Queda claro que empieza a mantener relaciones con ella en secreto, aunque yo creo que lo de mantener esos escarceos ocultos fue cosa de ella, y por eso uno de los rasgos que yo le he dado en la novela es un orgullo desmesurado, seguramente propiciado por el hecho que su propia hermana sí que estaba casada y vivía feliz con un tal Lino González.
Así que Antonia cae en los brazos de Romasanta y mucho más cuando Manuela desaparece, pero A Vianesa no quiere que en el pueblo sepan que es la amante de un buhonero que no es muy alto, que desaparece de la aldea durante muchos días y no es un hombre que quiera quedarse siempre en el pueblo cuidando de los animales y trabajando las tierras como sí lo hacía su cuñado Lino.  Romasanta decide entonces engañar a Antonia ofreciéndole salir del pueblo para instalarse con él en Ourense y llevar juntos los dos una tienda en un lugar céntrico de la ciudad. Tan necesitada estaba de amor, de estabilidad y, cómo no, de ser tratada como una mujer verdadera que accede viajar con Romasanta en compañía de su hija Peregrina.
Al salir del pueblo, Antonia es feliz. Por fin su desgraciada vida va a cambiar. Por fin sus hijas iban a tener un padre (algunos afirman que Peregrina era hija del propio Romasanta) y por fin iba a poder salir a la calle sin que nadie la señalara con el dedo entre risitas y muecas de desprecio. Imaginaos entonces cuando descubrió que el hombre que iba a cambiarle la vida, lo que realmente quería era quitársela.
Por eso quiero que recordemos a aquella mujer que murió junto con su hija en un día que parecía iba a ser uno de los mejores de su vida.

Dicen que nadie muere realmente mientras alguien siga recordándote. Esta noche, después de ciento sesenta y cinco años, alguien sigue recordándote. 

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